La Máscara

knight

Por André Betancourt

12/24/2014

Así como el tiempo trae consigo las temporadas y con éstas cambios súbitos, amargos, dulces y agridulces queda en uno cerrar los ojos y sentir el clima, asimilar los diferentes sonidos de su entorno, algunos naturales y otros de provincia maquinaria. Has de abrazar la realidad y respirar profundamente, la pausa decisiva previo a la causa y su efecto es crucial. En su momento oportuno se debe abrir los ojos y observar su alrededor, confirmarlo y decidir qué hará con la oportunidad que la temporada le ha permitido ver.

-“¿Por qué usas una máscara?”, me preguntó ella, nuevamente.

-“No me la puedo quitar yo solo, necesito un espejo para ello. Tengo temor de existir y no poder verme”, respondí.

-“En éste mundo no existen espejos, si acaso estás en la espera de uno, son fábulas, ¿conoces esto, cierto?”

-“He escuchado de un espejo, no tanto así como los describen en las fábulas pero algo mejor, las lenguas no pueden hacer el exacto de su apariencia. Algo que me haga ver con mucha más claridad que cualquier espejo fabuloso en todos esos cuentos. Eso busco, eso espero.”

No recuerdo cómo la conocí, tan preciosa, no podría describirla correctamente o al menos, no tan preciso y glorioso como mi corazón quisiera. Sé que han pasado muchos veranos y ella jamás ha visto mi rostro. Aun así sigue a mi lado, mi fiel amiga. Rechazo un mundo sin su sonrisa, su manera de ser irreverente que anula los dolores de mis días, endulza mi paladar y de dientes sé que tengo pues ella no me permite esconderlos mucho tiempo. No es la primera vez que indaga sobre mi máscara, con la cual nací, pero no la culpo. Yo también me quisiera ver, pero bajo mis términos, debe ser la temporada perfecta.

– “¿Qué crees de éste traje? me lo regalaron para la boda”, me dijo brincando.

– “¿Un nuevo pretendiente?”, le respondí sentado con las piernas cruzadas, una mano en la cara, con una actitud picara y una sonrisa genuina de oreja a oreja. Esto era común para ella. Recuerdo que los otros días me pidió ayuda para mover una luna que un caballero le había regalado de Júpiter.

– “Me conmueven sus regalos, sí, no soy de rechazarlos. Mi vanidad material es un desperfecto que yo abrazo y, ¿por qué no? Además tú me conoces bien, yo busco mucho más, algo que no se pueda ver, ni oler, ni oír, ni saborear. Algo que invoque mis sentidos inexistentes. ¿Acaso no te acuerdas de la luna que me trajeron? Trae demasiado polvo, ¿qué uso le tengo?

Las carcajadas continuaron durante la preparación. Decidimos ir a la boda juntos y de una vez robarnos comida del banquete. Desolados éramos, necios no.

Se debe decir que existen museos con muchos caballeros en armadura de todo tipo y de todos los colores. Existen armaduras que brillan, armaduras indestructibles, armaduras de todo el mundo, armaduras comunes, armaduras legendarias, armaduras de innumerables atributos fantásticos. Sin embargo si fueses a levantar el casco de uno de ellos te toparías con un fantasma. Un vacío engañoso de lo que una vez estuvo ahí o tal vez de algo que nunca estuvo ahí. Son caballeros pues su armadura así lo indica pero nada más que el reflejo brillante de lo que una vez fue o no fue. Si fueses persistente simplemente toca la armadura y sentirás el metal frío que te hará brincar, de manera que frunces las cejas ante semejante insulto y mentira. El sentimiento de engaño persiste en ti mas la armadura se mantiene en posición, fuerte y sin moverse.

Por otro lado existen otros tipos de armaduras que no son visibles del todo. Cuando decides quitarle la armadura entrarás en un duelo profundo en donde deberás sacar tus armas, tu escudo y prepárate para pelear. Una vez mires lo que enfrentas lo debes consultar con tu espada, confírmelo y llegue al cuchillo en el camino decisivo. Una vez ahí, pregúntale a su escudo si es juicioso despojarte de él, escoge tu ruta, ninguna es totalmente errónea. Finalmente acércate a esa armadura que se distingue y si sientes que el calor de cien caribes se va formando mientras te acercas, es ahí cuando debes desafiar las leyes naturales y permitir que tu cuerpo camine sobre el sol que pronto nacerá en ese lugar, en ese momento. En ésto no hay falsedad, pues así se forman los soles en las galaxias.

-“Hace frío, vamos para el balcón”, me dijo temblando y con la cartera llena de vino y pan.

-“Vamos”, le dije, meneándome de lado a lado, un poco borracho. De seguro ya se había robado suficientes cosas.

-“Mira, el cielo, ¿cuántas estrellas crees que hay?”, me dijo, sus ojos reflejando el cielo y yo mirando las estrellas en ellos.

-“No las suficientes”, le dije, todavía embriagado en su rostro y en sus ojos estrellados.

-“¿De casualidad siento a un caballero despojando rosas hacia mi favor?”, me dijo, muy picara, riéndose y yo bajando la mirada y sonriendo. Ella sabía como yo era.

-“¿Bailamos?”, me dijo, formando una pose extraña y juguetona.

-“No, por favor. Soy terrible bailando. Además a ti no te gusta ese tipo de cosas ni a mí tampoco”, le dije sirviendo otras dos copas.

-“Dice la persona que para ver el cielo torna hacia mis ojos”, me dijo elegantemente, un poco más seria ahora.

-“Me conoces”, le dije.

“Te quitare la máscara”, y de manera súbita, se me acercó, me arranco la anonimidad y me trajo a la existencia. Un silencio profundo cayó. Nada era audible más que nuestros suspiros.

“¿Qué ves?”, le pregunte con temor.

“Veo a un hombre y veo tu alma. Veo todo lo que no pude ver antes pero que siempre estuvo ahí. Veo tus labios sobre mi, tus mejillas acariciándome y como tu rostro se fija en mi. Veo como me miras y yo te puedo mirar de vuelta en ésta noche donde cuatro temporadas van pasando por minuto. El espejo que buscas está en mis ojos, mírame, somos infinitos.”

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